La masacre del Reparto Orfila y Cayo Confites (II y final) @EliadesAcosta1

La masacre del Reparto Orfila y Cayo Confites (II y final) @EliadesAcosta1

mayor general Genovevo Pérez Dámera con el presidente Carlos Prío.
Mayor general Genovevo Pérez Dámera con el presidente Carlos Prío.

La desgracia se incubaba desde mucho antes de estallar aquella tarde del 15 de septiembre de 1947. Infinidad de señales y augurios se habían presentado sin que se tomase conciencia o se mostrasen deseos de prevenir lo que fatalmente se cumpliría.

Un halo funesto de tragedia griega, y de terca opresión de lo inexorable, flotaba sobre la sangre derramada en el reparto Orfila. Seis muertos, entre ellos Aurora Soler, una madre en estado de gestación atrapada en la contienda, que dejaba huérfana a su hija de dos años, herida levemente en un tiroteo que se había prolongado por más de tres horas.

Policías contra policías, con la impunidad de sus placas y de sus armas, y a sabiendas de que no tendrían que rendir cuentas, se enfrentaron en el cerco a los ocupantes de la casa del comandante Morin Dopico, jefe policial de Marianao, donde se encontraba invitado a almorzar el también comandante Emilio Tro y algunos de sus hombres, pertenecientes a la organización Unión Insurreccional Revolucionaria (UIR).

pParte de los detenidos por los sucesos del reparto Orfila, con armas, dinero, municiones, placas de auto y credenciales de la Policía que les fueron ocupadas.

Fuera, decenas de sitiadores bajo el mando del comandante Mario Salabarría, muchos de ellos militantes del Movimiento Socialista Revolucionario (MSR), de Rolando Masferrer. Como pretexto, una orden de captura contra Emilio Tro por la muerte en un atentado del capitán Raúl Ávila, ocurrida días antes, en la estela de una porfiada guerra entre ambos grupos.

Nadie, y en primer lugar el gobierno del presidente Ramón Grau San Martín, había tomado cartas en el asunto, ni intentado sanear el inframundo habanero donde se masacraban, a plena luz del día, a punta de escopetas recortadas y ametralladoras, grupos gansteriles rivales, disfrazados con consignas revolucionarias y rodeados de sloganes tremebundos como “La justicia tarda, pero llega” o “Cúmplase la voluntad de los mártires”.

Dinero sucio penetrando por todos los intersticios de la vida pública cubana, ambiciones políticas insaciables, cálculos maquiavélicos para dividir y vencer, planes para desprestigiar a los verdaderos revolucionarios y preparar la opinión pública nacional para el golpe de Estado que se gestaba en las sombras.

Dinero también del sátrapa dominicano Rafael Leonidas Trujillo Molina, deseoso de salir de la hostilidad desembozada del gobierno del Autenticismo y provocar, mediante un shock sangriento, la presión de las fuerzas armadas cubanas contra los expedicionarios de Cayo Confites, que se aprestaban desde hacía tres meses a invadir su país para poner fin a su inmisericorde dictadura.

Dicen que Grau fue escueto al comentar los informes recibidos sobre la balacera en curso, y sumirse en un mutismo que duraría una semana después del suceso:

“Dejen que los muchachos se diviertan”

El saldo final de aquel baño de sangre, a la vista de todos y en pleno día, fue de seis muertos, entre ellos el comandante Emilio Tro.

Solo la presencia de transportadores blindados artillados del Ejército y de numerosos soldados armados pudo poner fin a la masacre.

Para hacer más conocido el hecho, se transmitió por radio en tiempo real, desde el lugar de los sucesos, en la voz del famoso locutor de la estación CMQ, Germán Pinelli.

Desde la azotea de una lavandería colindante, y desde la propia calle, varios reporteros cinematográficos recogieron cada detalle de la tragedia. La filmación fue presentada en los cines del país, hasta que la Policía la incautó.

La ola de consternación, indignación y protesta por la impunidad que se evidenciaba en todo lo sucedido, y la indiferencia y complicidad del gobierno de Grau fueron los elementos emocionales de la opinión pública que necesitaba el mayor general Pérez Dámera.

También Trujillo, para quien trabajaba y el gobierno norteamericano. Sobre esta base  y la imagen de ingobernabilidad, caos y debilidad extrema del gobierno (todo lo cual era cierto), se ordenó, a partir del 25 de septiembre, la detención de los expedicionarios de Cayo Confites, ajenos a los sucesos de Orfila, la incautación del armamento, barcos y aviones adquiridos, el desarme de los grupos de acción y eventualmente un golpe de Estado que, al parecer, fue desautorizado por Washington en el último momento, por conveniencia política.

Un traidor llamado Genovevo Pérez Dámera

Nació en la provincia de Matanzas el 3 de enero de 1910. Tras abandonar sus estudios universitarios, entró al ejército como soldado. Cuando Grau fue nombrado presidente para encabezar lo que se conocería como Gobierno de los Cien Días, lo ascendió a primer teniente y lo hizo su ayudante.

Al caer el gobierno de Grau lo acompañó al extranjero. Al regresar fue profesor en diferentes academias militares. Cuando Grau fue electo presidente en 1944 lo designó como jefe de la Casa Militar de Palacio. Ese mismo año fue ascendido a teniente coronel y a coronel.  Existen pruebas documentales que indican que, desde 1945, Trujillo había comenzado su labor de captación, como era habitual, regalos y sobornos mediante.

A fines de 1946 fue nombrado jefe del Ejército Nacional con el grado de mayor general. En agosto de 1949 fue destituido por el presidente Carlos Prío Socarras, precisamente por haber detectado la inteligencia militar sus vínculos y coordinaciones secretas con Trujillo y la posibilidad de que estuviese preparando un golpe de Estado por encargo.

Ya en la vida civil resultó herido en un atentado que tuvo lugar el 23 de diciembre de 1951, en la ciudad de Camagüey, a manos de uno de los grupos de acción de la época, debido a su traición a la expedición de Cayo Confites y su contubernio con Trujillo.

En 1954, aliado a Batista, fue electo senador por la provincia de Camagüey. Abandonó la isla tras el triunfo de la Revolución de 1959.

Esta es la síntesis biográfica de un traidor, capaz no solo de robar millones del erario público y terrenos para sus fincas, en las que trabajaban la tierra los soldados, sino de no ser leal a nada ni a nadie.

Traicionó a Grau, quien siempre lo distinguió y encumbró. Traicionó a Prío y estuvo conspirando para darle un golpe de Estado, como antes había hecho con el propio Grau, en contubernio con Trujillo.

La más evidente de sus traiciones fue a la expedición de Cayo Confites, en 1947. Durante un viaje a los Estados Unidos, en septiembre de ese año, llamado a capítulo por el gobierno norteamericano con relación a esa expedición de revolucionarios que se preparaba, fue contactado por Arturo Despradel el canciller de Trujillo.

La reunión se celebró el 15 de ese mes, el mismo día en que tenían lugar los sucesos del reparto Orfila, en La Habana, y también estuvo presente el embajador dominicano Manuel de Moya.

Se ha llegado a fijar en $ 5 millones de dólares el soborno entregado al mayor general Pérez Dámera para frustrar la expedición, y aunque se conoce menos, deponer a Grau y asumir el poder.

No más regresar al país, al día siguiente, Genovevo emite las órdenes pertinentes, a espalda del Presidente y con absoluta impunidad, para tomar el control de la situación mediante detenciones y requisas en La Habana y otros puntos del país, incluido el arresto de la mayoría de los expedicionarios que se preparaban en Confites.

De esa traición nos hablan viejos recortes de la prensa cubana.

Es interesante leer el informe de inteligencia final enviado por Henry Norweb, embajador norteamericano en La Habana, al Departamento de

Denuncia del periódico El Crisol sobre la traición del mayor general Genovevo Pérez Dámera, sobornado por Trujillo, en acciones conspirativas contra el presidente Prío, 25 de agosto de 1949. Como resultado de las investigaciones correspondientes, fue removido del cargo y pasado a retiro.

Estado, fechado el 17 de octubre de 1947, sobre las motivaciones de los hombres que se habían congregado en Confites:

«La motivación de los cubanos siempre estará del lado de los idealismos quijotescos, del fetiche de la revolución y del odio a Trujillo, pero la participación de hombres como Alemán, Masferrer y Salabarría solo pueden ser explicadas en términos burdamente egoístas… Mientras los planes para derrocar a Trujillo avanzaban, los caballeros de brillantes armaduras fueron siendo derribados de sus cabalgaduras por el tipo de bucanero que siempre abunda entre los hispanos»

Más que bucanero, Genovevo Pérez Dámera fue un rapaz pirata, sin conciencia ni honor.

Eliades Acosta Matos